miércoles 9 de junio de 2010




Faltan cinco para las ocho. El día se ha terminado en medio de una bofetada de lluvia y colores naranja… Un leve olor a mandarina se expande por los cristales de la librería. Hay veces que olvido venir, no siempre. He desgastado la mirada prestando atención al polvo que, impacientemente, se levanta entre los estantes con cada paso que se escucha. Es abril. El viento ha venido a ser la única caricia que percibo. La hora es exacta, el mismo día. Camina tres pasos al sur, se detiene y sonríe. Sostiene un libro cualquiera, lo admira como si fuera único, y lo coloca nuevamente junto a los otros. Levanta la mirada y coincide con la mía. Cree recordarme. Sonrío. Los espejos tienen esa particular propiedad de recordarnos que somos varios dentro del mismo cuerpo.